El huevo y el drama que hace crecer

No os asustéis, no he venido aquí a justificar las relaciones tormentosas. No vengo a hacer apología del amor romántico ni a contaros sus bondades. No vengo en calidad de psicóloga popular tampoco, pero sí vengo a hablar de drama o mejor dicho: de dramas.

Hoy todo lo veo dramático, como si me hubiera puesto unas gafas de color verde caca que instantáneamente revelan el dramatismo universal en cada rincón, objeto o pelusa abandonada.

Esta mañana el drama llegó a mi vida en forma de huevo estrellado (literalmente). Estaba en la cocina rumiando dramas a la par que preparando los ingredientes para lo que se convertiría en una de las comidas más indignas de mi mortal existencia, para no desentonar con la atmósfera de patetismo en la que llevaba ya instaurada unos días. Debía de encontrarme yo a escaso metro y medio de la encimera donde había depositado al hijo no nato de una desdichada gallina que pasó (o sigue pasando) sus días hacinada en una granja. Levanté entonces la vista y lo que vieron mis ojos quedará grabado en mi retina para la posteridad: el huevo (de clase M, por cierto) rodó por la encimera hasta estamparse contra las baldosas azules de la cocina, lo que por supuesto, añadió dramatismo visual porque el naranja es opuesto del azul. No pude detenerlo, aunque pareció discurrir por la encimera con pasmosa calma, directo a su trágico final. DRAMA.

Mi mente ante tan desgraciado evento, rápidamente ató cabos. El universo odia a los huevos. El huevo había caído deliberadamente, había rodado ante mis ojos y encima DESPACITO, pero no pude salvarle, su destino era morir. ¿A dónde nos lleva todo esto? A una primera asociación: el drama es universal. Está en la gallina explotada, está en el huevo y su suicidio cromático y está en la turbidez de las situaciones de las que no se huye a tiempo y que nos llevan a plantearnos la ovofobia del universo y a retozar en la inmundicia de un plato de comida lamentable.

El drama llama al drama y eso se hace bola, pero no es a ese crecimiento al que me refería al darle título a esta entrada. Como premisa tenemos que el drama es la consecuencia indeseable de algo potencialmente beneficioso, o lo que es lo mismo, deseable. Cuando algo o alguien nos refuerza en cualquiera de nuestras facetas, nos volvemos adictos, queremos más y nos ilusionamos, es decir, empezamos a ver las potencialidades de esa situación y las deseamos. Si todo va bien, fantástico… Probablemente ni siquiera seamos consicientes de todo este proceso, pero ¡Ay de ti si no es así! Cuando ese maravilloso refuerzo desaparece, o peor aún, se vuelve intermitente, te conviertes en un auténtico yonki persiguiendo tu dosis. Tus esquemas se quiebran y ahí es donde el drama se instaura en tu vida (esperemos que por poco tiempo).

Llegados a este punto, las posibilidades son múltiples, desde convertirte en una auténtica mopa humana que se arrastra hasta sacarle brillo al suelo (y al ego de la contraparte) hasta migrar a la montaña como hizo en su día el Probe Miguel, pasando por la generación espontánea de drama con la esperanza de que el otro ser, que permanece indiferente, reaccione. El resultado es prácticamente el mismo, removiendo más o menos la mierda.

Tarde o temprano una persona neurotípica completará las fases del duelo. El problema aquí reside en que cuando este duelo no viene ocasionado por una muerte (entendida como extinción de las funciones vitales de un organismo) puede dejarnos atrapados en un ciclo de constante avance y repetición de las fases, máxime si nuestro fantasma continúa (y nosotros permitimos) con sus refuerzos intermitentes.

¿Pero cómo nos hace crecer el drama? Aprendiendo de él. Sigue siendo el final menos deseable de los que habíamos imaginado y tal vez tenga mucho de frase cliché para consolarnos, pero la ciencia está de nuestra parte. La homeostasis llega y la habituación, como fenómeno empíricamente respaldado, termina por aparecer e incluso, si tienes suerte, el aprendizaje se generalizará y la agonía será más corta en situaciones futuras. Siguiendo en la tónica de las frases cliché, habrás alcanzado un grado más en tu crecimiento personal y podrás continuar dramatizando y riéndote de tu drama, que como estrategia de coping va estupendamente.

Ah, se me olvidaba… Una parte estupenda del drama es que nos encanta escuchar dramas ajenos y compararlos con el nuestro para sentirnos comprendidos. Así que podríamos decir que colateralmente el drama hará crecer tus relaciones amistosas.

Be drama, my friend.

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