La pieza novecientos noventa y nueve

Hoy pensé en todas aquellas conversaciones que ya nunca tendremos,

pensé en todos los cabos que dejamos sin atar,

recogí tu recuerdo a mi paso, fragmentado

y completé nuestra historia con las piezas.

 

Hoy comprendí que hay historias que no acaban,

que la última pieza a veces no aparece,

que quizá nunca existió.

 

Hoy coloqué la pieza novecientos noventa y nueve

y no pude guardarte ni exhibirte,

tan solo te aparté y te reservé en un limbo.

 

Hoy el lugar donde moran los puzzles incompletos recibió a su nuevo huesped.

Ahora sé que las historias incompletas también pueden ser bellas,

que en su proceso lleno de ilusiones y de curiosidad, fueron hermosas

pero que deben dejar espacio en la mesa para otros que quizá tengán final.

 

 

El huevo y el drama que hace crecer

No os asustéis, no he venido aquí a justificar las relaciones tormentosas. No vengo a hacer apología del amor romántico ni a contaros sus bondades. No vengo en calidad de psicóloga popular tampoco, pero sí vengo a hablar de drama o mejor dicho: de dramas.

Hoy todo lo veo dramático, como si me hubiera puesto unas gafas de color verde caca que instantáneamente revelan el dramatismo universal en cada rincón, objeto o pelusa abandonada.

Esta mañana el drama llegó a mi vida en forma de huevo estrellado (literalmente). Estaba en la cocina rumiando dramas a la par que preparando los ingredientes para lo que se convertiría en una de las comidas más indignas de mi mortal existencia, para no desentonar con la atmósfera de patetismo en la que llevaba ya instaurada unos días. Debía de encontrarme yo a escaso metro y medio de la encimera donde había depositado al hijo no nato de una desdichada gallina que pasó (o sigue pasando) sus días hacinada en una granja. Levanté entonces la vista y lo que vieron mis ojos quedará grabado en mi retina para la posteridad: el huevo (de clase M, por cierto) rodó por la encimera hasta estamparse contra las baldosas azules de la cocina, lo que por supuesto, añadió dramatismo visual porque el naranja es opuesto del azul. No pude detenerlo, aunque pareció discurrir por la encimera con pasmosa calma, directo a su trágico final. DRAMA.

Mi mente ante tan desgraciado evento, rápidamente ató cabos. El universo odia a los huevos. El huevo había caído deliberadamente, había rodado ante mis ojos y encima DESPACITO, pero no pude salvarle, su destino era morir. ¿A dónde nos lleva todo esto? A una primera asociación: el drama es universal. Está en la gallina explotada, está en el huevo y su suicidio cromático y está en la turbidez de las situaciones de las que no se huye a tiempo y que nos llevan a plantearnos la ovofobia del universo y a retozar en la inmundicia de un plato de comida lamentable.

El drama llama al drama y eso se hace bola, pero no es a ese crecimiento al que me refería al darle título a esta entrada. Como premisa tenemos que el drama es la consecuencia indeseable de algo potencialmente beneficioso, o lo que es lo mismo, deseable. Cuando algo o alguien nos refuerza en cualquiera de nuestras facetas, nos volvemos adictos, queremos más y nos ilusionamos, es decir, empezamos a ver las potencialidades de esa situación y las deseamos. Si todo va bien, fantástico… Probablemente ni siquiera seamos consicientes de todo este proceso, pero ¡Ay de ti si no es así! Cuando ese maravilloso refuerzo desaparece, o peor aún, se vuelve intermitente, te conviertes en un auténtico yonki persiguiendo tu dosis. Tus esquemas se quiebran y ahí es donde el drama se instaura en tu vida (esperemos que por poco tiempo).

Llegados a este punto, las posibilidades son múltiples, desde convertirte en una auténtica mopa humana que se arrastra hasta sacarle brillo al suelo (y al ego de la contraparte) hasta migrar a la montaña como hizo en su día el Probe Miguel, pasando por la generación espontánea de drama con la esperanza de que el otro ser, que permanece indiferente, reaccione. El resultado es prácticamente el mismo, removiendo más o menos la mierda.

Tarde o temprano una persona neurotípica completará las fases del duelo. El problema aquí reside en que cuando este duelo no viene ocasionado por una muerte (entendida como extinción de las funciones vitales de un organismo) puede dejarnos atrapados en un ciclo de constante avance y repetición de las fases, máxime si nuestro fantasma continúa (y nosotros permitimos) con sus refuerzos intermitentes.

¿Pero cómo nos hace crecer el drama? Aprendiendo de él. Sigue siendo el final menos deseable de los que habíamos imaginado y tal vez tenga mucho de frase cliché para consolarnos, pero la ciencia está de nuestra parte. La homeostasis llega y la habituación, como fenómeno empíricamente respaldado, termina por aparecer e incluso, si tienes suerte, el aprendizaje se generalizará y la agonía será más corta en situaciones futuras. Siguiendo en la tónica de las frases cliché, habrás alcanzado un grado más en tu crecimiento personal y podrás continuar dramatizando y riéndote de tu drama, que como estrategia de coping va estupendamente.

Ah, se me olvidaba… Una parte estupenda del drama es que nos encanta escuchar dramas ajenos y compararlos con el nuestro para sentirnos comprendidos. Así que podríamos decir que colateralmente el drama hará crecer tus relaciones amistosas.

Be drama, my friend.

Valores

Cuando te rompen las ilusiones en el terreno “romántico” duele, enfada, escuece y sin embargo, nada se clava tan profundo como cuando quien te falla es un amigo… En esa situación podría decirse que se ha alcanzado el máximo nivel de decepción y se entiende entonces la diferencia entre perder un capricho y algo en lo que se confiaba ciegamente. La amistad, la familia que se escoge y que debería ser la relación más pura por su condición de simetría entre todas las partes, ésa en la que la aceptación es obligada y la no imposición se da por hecho, es sin duda alguna una necesidad y un bien escaso.

Quítame un amante y me habrás robado un dulce, llévate a un amigo y me habrás quitado el agua.

Divagaciones

Los dos primeros meses de 2017 han sido intensos. Tras casi medio año de golpes y un parón de actividad aterrador, por fin los astros se alinearon a mi favor (aquí siempre me siento en la cuerda floja). En estos 60 días devoré o “vomité” el trabajo con fruición, lo había estado reprimiendo, a la espera de ser canalizado, demasiado tiempo… Pero ahora que la actividad ha bajado considerablemente y aquel trabajo atascado ya está bien encaminado, el vacío y todas las preocupaciones que cuando la mente está ocupada son postergadas, vuelven a abrirse paso. 

Estaba muy contenta… No es que fuera ignorante de todo ese mundo interior que estaba esperando a tener paso. En realidad, de vez en cuando cruzaba por mi mente un pensamiento consciente, como una especie de orgullo por lo bien que me sentía y por no sentir ciertas necesidades que no deberían sero y sin embargo habían estado ahí más tiempo que no estado. Me mandaba a mí misma un “qué bien estás ahora, quién diría que la de hace unos meses eras tú… Ojalá dure”, pero sabía que tarde o temprano el ciclo se iniciaría de nuevo.

Hoy sentí el pinchazo del vacío. Ese cosquilleo que se expande desde el pecho y se entrelaza con la boca del estómago. Esa necesidad de respirar hondo y empujar el vacío con el aire – Ya estás aquí otra vez, has llegado pronto pero te estaba esperando. Quédate, tengo un arsenal de lecturas de ésas que te hacen desear cosas que ni siquiera existen, ya sabes… De ésas para recrearse en la miseria. Puedo acompañarlas con chocolate, ya que hablamos de tópicos-.

Hoy es uno de esos días en los que mi cinismo se pelea con los deseos interiorizados inoculados por la cultura contra la que lucho. La ficción y sus mitos han creado deseos que jamás podrán ser satisfechos, es más, han creado nuevas y absurdas pautas de comportamiento y frustraciones constantes por no sentir lo que se supone que se debería sentir y por ver el mundo tal y como es.

Momentum

Lo que importa no es el lugar donde conociste por primera vez a esa persona, tampoco la fecha. Sin embargo, cada lugar donde aprendiste un poco más sobre ella es importante, pues allí se esconden los instantes donde verdaderamente la conociste.

Compartir con…

Un momento… No, nada. Nadie¿Qué es esto? Es algo… nuevo. Un hueco. 

Hoy descubrí un vacío que hacía tiempo que siempre estaba cubierto. Tanto tiempo que había olvidado que era un espacio que podía llenarse, pero también vaciarse. Fue de una forma inocente, tonta y a la que quizá otro no daría importancia. Hoy no compartí aquella publicación que me había interesado. Estuve a punto de hacerlo, seguí todo el procedimiento hasta llegar a mi lista de contactos ahora ordenada según la frecuencia de interacción y… No la compartí. No, para qué, pensé.

La taza

Estoy tomando un té. Es el tercero, uno detrás de otro. No me entusiasma el té, ni siquiera lo tomo habitualmente, pero estoy tomando té. La pregunta es ¿cuántas tazas de té necesito para enfrentarme a lo que tengo que hacer? ¿Será esto lo que piensan esas personas que no paran de fumar? Ahora no, que no puedo trabajar mientras bebo/fumo, en cuanto acabe me pongo. Bueno, hace frío -o cualquier otra excusa medianamente coherente-… mejor me preparo otro. No quiero. La mayor damnificada eres tú, la taza. Perdóname Esteso, no es nada personal, no sé cuantas microondas tendrás que soportar hasta que tenga valor y después de todo, ya eres todo un veterano en este oficio.